Busco sin éxito en periódicos como El Diario, Público e incluso El Salto, noticias sobre la disruptiva ocurrencia de Gabriel Rufián de presentar candidaturas únicas para las izquierdas no-PSOE en cada provincia con el objetivo de unir fuerzas para parar a la ultraderecha. El silencio me resulta elocuente.
Parece haberse evaporado el revuelo que se levantó sobre cuestiones como la idoneidad del propio Rufián para capitanear dicho proceso, dada la adhesión que suscitan sus discursos en el Congreso y fuera de él. Muchos advirtieron dicha jugada desde el principio como una táctica útil para disputar voto socialista en Catalunya ya que, siendo el voto popular y de izquierdas catalán el más reacio al nacionalismo, el juego tenía que pasar por proyectarse a escala de España. Otros se descubrieron a sí mismos en Cuenca o Murcia con unas ganas irrepresibles de votar a Rufián si solo pudieran hacerlo, anhelando la reaparición de una Izquierda Republicana de España con la que es divertido suponer que, inconscientemente, ha soñado el propio Gabriel. Y es que el público que te aplaude acaba decantándote hacia sí, como puede argüirse le ha pasado a Juan Soto Ivars y a muchos otros. Otros más sienten sincera repulsa por una opción que consagraría la plurinacionalidad del «Estado» atribuyendo una izquierda distinta a cada territorio en flagrante negación de los fundamentos universalistas de la propia izquierda.
Dejemos estas cuestiones de lado y abordemos hoy el asunto tomando una perspectiva algo menos española. Y es que, después de todo, no solo ha sido esta incómoda división (si aun más cabía) de las fuerzas lo que ha cortado las alas tan rápido a la ocurrencia, a pesar del apoyo insistente de El País y del rápido y mediatizado diálogo con Emilio Delgado. Lo que todos sabíamos y ninguno decíamos ha sido sin duda lo determinante: la escasa ganancia ofrecida, aun en caso de un improbable entendimiento.
¿Será el delito fundamental de la izquierda occidental haber dejado de prestar atención a cuál es su base sociológica?
La propuesta se basa en la simple operación de sumar votos para optimizar resultados tomando en cuenta que, mucho más que el denostado sistema D’Hondt, la fragmentación del espacio electoral nacional en circunscripciones territoriales convierte literalmente en nula una cantidad nada desdeñable de voto inconformista. Sin embargo, el problema de fondo, más allá de contar votos y diputados o de adaptarse a un sistema electoral hecho a medida del caciquismo, es que la suma total de las fuerzas de la izquierda radical (léase si se quiere consecuente) es miserable.
Y, sin embargo, no aparece el debate en este lugar tan necesario: ¿por qué estos resultados tan miserables para la izquierda? ¿Por qué esta pérdida sangrante de votos año tras año? ¿Por qué, con tan aparentemente poco esfuerzo, consigue la ultraderecha arrancar tantos votos?
Dónde están nuestras papeletas
Este es el debate que la izquierda necesita tener. Debe afrontar, como primer hecho, que tiene un problema con las masas electorales. Dicho debate, uno de los motivos fundacionales de La Enzina, tiene difícil resolución en la década presente, pero avancemos hoy una hipótesis. Marx reivindicaba como su mayor aportación al socialismo no la idea de revolución, de desarrollo de las fuerzas productivas, ni de crisis del capitalismo, sino la idea de que existía una clase social motriz del cambio político, que a la sazón era el proletariado industrial. Si bien el marxismo fracasó en algunos postulados fundamentales, no lo hizo necesariamente en otros que la izquierda occidental se apresuró demasiado en abandonar, y según los cuáles los cuáles no significa demasiado analizar una ideología o caracterizarla si no se cuenta qué base sociológica moviliza y tiene detrás. ¿Será el delito fundamental de la izquierda occidental haber dejado de prestar atención a cuál es su base sociológica? No es, después de todo, tan difícil hallarlo: se trata de un estrato muy específico de la población, que ya no es el proletariado industrial, entre otras cosas porque dicha clase ha sido mayoritariamente expulsada de nuestra economía por los imperativos de la economía globalizada y la fe en un poco definido sector servicios.
¿A quién representa pues el voto de izquierdas? La respuesta es, insistimos, fácil, puesto que solo hay que mirar estadísticas electorales, un deber ineludible para todo ciudadano políticamente inquieto. El Diario (.es) cumple una labor encomiable proporcionando datos y gráficos detallados tras cada cita electoral. España se encuentra, a este respecto, en transición. El sistema que había regido hasta ahora la sociología electoral española era el de una mayoría social de izquierdas con un PSOE vertebrador del espacio político nacional y una derecha que solo podía aspirar a gobernar en los momentos en los que, decepcionados, los votantes de izquierda más exigentes se abstuvieran por millones. Y esta dinámica se halla en la base profunda, casi diríamos antropológica, de la idiosincrasia política del pueblo español. Todavía hoy se percibe que, a menor nivel educativo, mayor voto PSOE (la obsesión de algunos izquierdistas -siempre de clases medias- por la figura del «pobre de derechas» es para hacérsela mirar: sugerimos leer La distinción de Pierre Bourdieu). Pero ya sólo se percibe en la población más envejecida. Este sistema está muriendo y el que está naciendo dibuja, en una mayoría de países, una izquierda especializada en aquella clase, de difícil denominación, caracterizada por un alto nivel de estudios y un medio-bajo nivel de ingresos. Si además vemos en esto el papel cada vez más central de sectores funcionariales, la izquierda del siglo XXI se asemejaría incluso, cada vez más, a una mera ideología gremial.
Admitir esto sería lo primero, antes de diseñar cualquier estrategia política. Y permitiría entender las causas de la repulsa recíproca que crecientemente se muestran izquierda política y clases populares. Los medios hegemónicos y los sesgos de las redes sociales hacen su parte, pero no lo neguemos: hay algo genuino en este divorcio. Reconocerlo también nos ayudaría a salir del desconcierto, nos haría entender por qué sentimos rechazo ante las consignas fáciles, ante ese lenguaje común de a pie de calle, de frase corta, de lugares comunes, de simplismos discursivos. Por qué la izquierda se desgañita con argumentos irreprochables y permanece alérgica a este tipo de discursos simplistas en los que la ultraderecha parece haber descubierto un vergel inagotable de votos. Y la razón es moral, pero de una moral socialmente situada, una moral de clase, en ambos sentidos de la palabra. No busquen demasiado: es la de haber ido a la universidad.
