Muchas veces olvidamos que cualquier movimiento social que busque una transformación profunda necesita una comprensión como mínimo igual de profunda de la realidad social en la que se mueve.

El marxismo pudo cumplir ese papel durante un siglo con notable éxito (y posterior fracaso), gracias al materialismo dialéctico que permitió superar los marasmos del utopismo. A medida que se ha ido alejando del marxismo, la izquierda occidental ha cambiado su centro de atención hacia problemas como la opresión de colectivos oprimidos, el cambio climático o la abertura de fronteras (coincidiendo de pleno, en esto último, con las políticas neoliberales inauguradas por Reagan). Podemos alegrarnos de que, gracias a ello, la desigualdad de género esté hoy día mucho más condenada que hace unas décadas, de que la homosexualidad esté socialmente mucho más aceptada, así como de que cada vez más gente sienta la urgencia de actuar contra el calentamiento global. En buena medida, estas reivindicaciones han emergido porque el marxismo tampoco era capaz de darles respuesta: basta con ver la homofobia galopante de ciertos países eslavos.

Sin embargo, el hueco dejado por el marxismo sigue siendo demasiado grande. Por ejemplo, Marx decía que su pensamiento no difería demasiado del de otros teóricos socialistas salvo en una idea fundamental: él veía en el proletariado la clase revolucionaria que acabaría con el capitalismo y llevaría al nuevo modo de producción comunista. Pero la izquierda de hoy se ha desplazado hacia el extremo contrario y -es ya un cliché decirlo- en su defensa de las minorías se ha aislado cada vez más de las mayorías. Cuando defiende derechos sociales como la sanidad o la educación públicas no parece que sea tanto por amor y confianza en el pueblo trabajador, como por lealtad a unos valores de izquierdas fosilizados frente a un pueblo insolidario e ignorante que no sabe votar. Sin embargo, la Revolución Francesa se hizo por la Nación, la Rusa y la China por el Proletariado… sin la idea de Pueblo bajo una forma u otra, ninguna izquierda puede hacer mucho más que patalear.

Por otro lado, ninguna de las aportaciones de teóricos como Foucault, Lyotard, Butler o Laclau han consistido en enriquecer ni acaso en sustituir al marxismo como teoría de la Historia. Su refutación ha consistido más bien en negar la posibilidad de tal teoría, reduciéndola al nivel de discurso o metarrelato, al tiempo que corren ríos de tinta sobre problemas morales, formas de empoderamiento o de alienación, y otras interpretaciones del mundo. Este baño de relativismo se ha acompañado de una filosofía de la acción política con una dimensión científica cada vez menor, lo que revela un cierto desinterés por la transformación social.

Es cierto que ha envejecido muy mal, por decirlo de un modo suave, la “promesa” marxista de una humanidad que se dirige inexorablemente al comunismo por medio de la revolución proletaria mundial. Nadie lo duda. Pero no todas las tesis del marxismo han quedado tan mal paradas y, si bien el marxismo podía no ser del todo científico, hay que reconocerle el mérito de aspirar a serlo -¿era científico el éter postulado por los físicos del s. XVII?-. La mayoría de las corrientes teóricas que circulan en la izquierda de hoy, en cambio, no parecen exponerse al riesgo de ser refutadas por la experiencia histórica. Quedan así estúpidamente al margen de los avances decisivos que se han venido produciendo durante el último siglo en ciencias como la antropología, la sociología, la demografía, la Historia o la cibernética. Claro que es improbable que vuelva a aparecer una teoría revolucionaria de la Historia que genere una adhesión tan unánime, global y masiva como lo hizo el marxismo. Pero aun así, si queremos ser algo más que hinchas en la grada de un estadio, urge que empecemos a discutir sobre la Historia del mundo objetiva (y no respecto a tal o cual colectivo), su funcionamiento, su evolución. No tenemos más remedio.