
Ultraderecha
Conforme vamos adentrándonos en este siglo XXI se impone la presencia de la ultraderecha como vector político predominante, hasta el punto de que, quien más quien menos, ya nos hemos hecho la idea de que gobernará en una mayoría de […]

Conforme vamos adentrándonos en este siglo XXI se impone la presencia de la ultraderecha como vector político predominante, hasta el punto de que, quien más quien menos, ya nos hemos hecho la idea de que gobernará en una mayoría de […]

Una España soterrada que es como un incómodo inconsciente colectivo pugnando por hacerse notar; un sustrato en el que conviven los cadáveres añejos, los viejos odios latentes de siempre, las ideas apolilladas que alimentan las conspiraciones y tejemanejes nuestros de cada día.

Hay un relato apocalíptico en la mente adulta que es como un bonito mueble de IKEA. Viene por partes y es fácil de montar. Apenas encajan dos o tres piezas lo demás es coser y cantar. Y es atemporal y recurrente, da igual cuando leas esto.

Eso es un bar en España: un escenario para nuestros días hecho de elementos groseramente variopintos que no debería funcionar, pero que funciona. No es bonito, ni acogedor, pero resulta tan humano en su imperfección que puede alojar nuestras vidas y cualquier otra cosa. También un asesinato de película.

Ese otro país es el que, cada año, ve llegar su veinteene y se congratula de que, aunque sea por un mísero día, niñas y niños pasen a ser un elemento del primer plano informativo (y eso, las más de las veces, por los pelos). Porque ese día de cada noviembre no se celebra sólo el día de la Infancia sino –el matiz es importante- el de sus derechos que, además, tienen como apellido humanos

Admitamos que la idea de madrugar para que todos entremos a trabajar a la misma hora, como hacían los primeros obreros bajo la tutela estricta de algún silbato, o de fichar en alguna máquina para demostrar que estamos ahí encadenados durante el tiempo suficiente debería hacerse extraña en el capitalismo volátil y globalizado de ese mismo siglo XXI. Pero, como las filas a la entrada del colegio, son realidades que resisten tozudas incluso tras una pandemia planetaria que –decían los agoreros- vendría a cambiar para siempre nuestras vidas.

La nostalgia, ya se sabe, es también la palanca que echa a rodar cualquier fundamentalismo; y el PP es hoy, bajo su apariencia democrática, el mismo rodillo reaccionario que se opuso al divorcio, al aborto, al condón y al matrimonio entre personas del mismo sexo sólo porque oponerse es su oficio y su ADN. Un partido para el que todas las políticas no deben acabar sino en eso, una eterna reposición del pasado.

El comité de redacción de La Enzina y, sin duda, una mayoría de los lectores de la revista, hemos vivido con alivio el resultado de las elecciones generales del domingo 23 de junio. Es al menos probable, si el nacionalismo catalán […]

Estoy hecho a la antigua, no lo puedo remediar. Será por eso que prefiero un país donde no sólo las mujeres sobrevivan a sus divorcios, sino en el que un trabajador tenga derecho a ir al baño en lugar de tener que mear en una botella, o en el que se nos proteja, cobrando impuestos a los más ricos, de caer en la pobreza; incluso uno en el que me operen con garantías en un hospital público.