Incluso a un señor como el que firma estas líneas, nada amante de las aventuras y temeroso hasta de traspasar el umbral de su casa, le ha ofrecido la vida alguna oportunidad de abandonar su zona de confort e irse a vivir por un tiempo a otro país (en otros países se puede decir “país” sin que nadie te ponga caras raras o sin tener que dar rodeos para decir, por ejemplo, “el estado”). Como además soy un suertudo, en mi caso uno de esos países fue Costa Rica. En la (geográficamente) pequeña nación centroamericana (en otros países incluso se puede decir “nación” y no pasa nada) he sido testigo de cómo se toma por gesto natural y nada estridente que un grupo de ciudadanos cualesquiera en ciertos eventos y contextos se levante, se lleve una mano al pecho y canten todos a una el himno nacional (… ¡salve, oh patria!, tu pródigo suelo dulce abrigo y sustento nos da…) y luego vuelvan a sentarse sin que se hayan movido un ápice de sus diferencias pero con la sensación de haber vivido un momento en el que celebraban algo común. Momento que, todo hay que decirlo, producía un poco de cringe, como se dice ahora, pero también su dosis de envidia. Común, para quien no lo sepa, tiene una raíz etimológica que nos lleva a la idea del deber o la responsabilidad compartida. Siempre nos quedara la etimología.
Hace falta abandonar tu terruño, se llame como se llame, para tomar nota de lo raro que es aquello a lo que llamamos normal sólo porque es frecuente a nuestro alrededor. Esto que yo viví en otro lugar no lo he visto nunca aquí en esta España viva, esta España muerta. Y es raro. Que a los españoles nos cueste compartir lo más básico del primer capítulo de los manuales del sentir patriótico, qué sé yo: una bandera, una canción, un mito fundacional… es raro. En mi caso también es una costumbre, porque escribo estas líneas días después de nuestro 12 de octubre, supuesta fiesta nacional, y por más que vuelvo atrás la mirada no hay manera. No me recuerdo nunca sintiendo los colores, mire usted, disfrutando el himno, sin encontrarme incómodo viendo a esos señores en un palco que saludan al paso de un desfile militar. Soy de esos que en la fiesta nacional me quedo en la cama igual, como cantaba Brassens. Y, sin embargo, no tengo reparo en considerarme español más allá de toda incertidumbre. Entonces, ¿qué nos pasa a algunos el 12 de octubre?
Tengo una explicación. No sé si es la mejor ni la más completa, pero es la mía. Creo que a muchos nos pasa que detectamos ese tufo mal disimulado que tiene nuestro 12 de octubre, que es como ese regalo comprado a última hora que nos da alguien en nuestro cumpleaños y que trae el precio puesto. Supongo que alguien decidió que puestos a unir a los españolitos había que tirar de imperio y hazañas bélicas, como en la canción de los Nikis pero con menos gracia, y de ahí ese sobrenombre apolillado de La Hispanidad (agárrense: antes La Raza). La fecha, como seguramente le habrán enseñado en el colegio, querido lector, aunque haya estudiado usted con la LOGSE, conmemora el momento en que un señor que (mientras no se demuestre lo contrario) en realidad era italiano y venía de sufrir un ERE en Portugal, pone pie accidentalmente en un sitio (pongamos, un continente) y se lo queda para los populares reyes palindrómicos de la protoespaña de entonces (Isabel, Fernando, Fernando, Isabel). Que ya es significativo que nuestra fiesta nacional venga a conmemorar algo que ni siquiera sucede en nuestro territorio, en lugar de, como ocurre en otras naciones (otra vez ese palabro), una batalla por la independencia o algún otro suceso fundacional hacia dentro. Qué va, los españolitos somos así, por gusto o por vocación, mejor conmemoramos hacia fuera. A la fiesta, por no faltarle, no le falta ni una virgen como patrona (la de Guadalupe), con lo que yo, que soy andaluz, no puedo evitar verle un cierto cariz de romería. Bélica y gallarda, pero romería, al fin y al cabo. Añádanle ustedes una serie de símbolos patrióticos que a mí me recuerdan cuando yo les pongo brócoli en el plato a mis pequeños vástagos y, para responder a sus malas caras, les digo: es por vuestro bien. Por nuestro bien alguien pensó que era bueno que las españolitas y los españolitos tuviéramos un rey que nos tutelara y nos diera brócoli que comer y nos abroncara en Navidades por la tele cuando nos portamos mal y por nuestro bien, entiendo, alguien decidió que tendríamos una bandera añeja roja y gualda que, esto no te lo contaban ni en el BUP, era la que hacía sentir más a gusto a esos señores serios con bigote que también nos dieron brócoli durante cuarenta años. Y bueno, alguien podrá esgrimir que la continuidad institucional era necesaria porque ya se sabe que si funciona es mejor no tocarlo y lo contrario era exponernos a que tanto español díscolo quisiera imponer sus propios símbolos y acabáramos otra vez de Guerra Civil. Bueno, me parece un argumento legítimo, pero en estas cuestiones creo que no basta con lograr un argumento coherente. Además, hay que ser convincente y a mí estos ardores nacionales, por lo que sea, siguen sin parecérmelo.
Claro que si alguien ha tenido el valor de leerme más de una vez ya se habrá dado cuenta de que yo soy mucho de rodeos y todo esto no era más que un rodeo para contarles que alrededor de ese 12 de octubre suelen pasar cosas que con frecuencia son más interesantes que la fiesta misma. Y no me refiero a cuando se lanzan nuestros aguerridos paracaidistas y acaban enredados en una farola. Apunto más bien a la periferia de nuestra hispanidad, a ese contexto que nos retrata a los españoles mejor que los desfiles. Este año, por ejemplo, ha sido noticia a raíz del dichoso desfile el enfrentamiento (por llamarlo de alguna manera que no de vergüenza ajena) entre los jóvenes acampados en la Puerta del Sol del Madrid por el derecho a la vivienda y los cachorrillos de la ultraderecha que, conveniente ataviados con esa bandera que dicen que es la de todos los españoles pero que al final parece que sólo una mitad de España tiene en el fondo de armario, han decidido reventarles la reivindicación. A mí esto me ha parecido una metáfora precisa de la situación del país, mucho más que la rutinaria demostración performativa de los tanques, la patrulla águila y los legionarios. Porque así estamos, bipolares: mientras una España joven está luchando por tratar de asegurarse un techo para el futuro la otra mitad lucha para que regrese el pasado de sus abuelos. Con todo, me parece bueno que esta escisión se manifieste porque durante mucho tiempo nos hemos contentado con esa falsa verdad de que los jóvenes se han vuelto de ultraderecha, y no es cierto. El asunto es mucho más complejo. Ya me he referido a esto en este mismo medio y hace muy poco publicaba un texto en el que se abundaba en esta misma idea: contrariamente a lo que pensamos, adolescentes y jóvenes están repartidos ideológicamente y, si acaso, hay un ligero predominio en los de izquierdas, lo que pasa es que los del otro lado hacen más ruido y (¡ay!) votan más. Una de las dos juventudes, en cualquier caso, está destinada a helarte el corazón.
En fin, parece que un año más y como nunca antes los españoles estamos unidos en nuestra desunión. Está claro que por más docedeoctubres que nos echen, vamos a seguir pensándonos si tenemos algo en común o no. A lo mejor necesitamos otros ingredientes, un cambio de menú. Cuando me compadezco de mis hijos y les cambio la brócoli por una buena tortilla de patatas bien que me lo agradecen. Igual es eso. Pero esperen, la tortilla es ¿con cebolla o sin cebolla? Horror, el caínismo: ya empezamos de nuevo.
