El título de este artículo nos obliga a un auto-spoiler: No nos referimos a la entrada de migrantes. Ni pensamos que haya demasiados inmigrantes en España. El intento masivo de entrada en Ceuta fue ante todo una gran tragedia humana con decenas de muertos, una vez más, tratando de llegar a territorio de una ingrata UE por los medios más precarios.
Según recientes y contundentes encuestas, la sociedad española ha tomado definitivamente conciencia de que lo que tiene al sur es algo más que un exótico destino vacacional o la linde más desigual del mundo. Casi el 90% de los españoles piensa que detrás del movimiento migratorio estuvo la voluntad expresa del gobierno marroquí, que juega así con las aspiraciones de su hastiada ciudadanía para servir a su expansionismo irredentista.
Y a la parte de la población que apoyamos al actual gobierno se nos está congelando un poco la cara ante el incomprensible discurso de reconocimiento a Marruecos «por su colaboración» y los balones fuera en forma de imprecisa alusión a las mafias, apenas rectificados aún a día de hoy. No se entiende la posición del gobierno español ante los abusos del vecino del sur salvo remitiéndose a motivos inconfesables. Ya tuvimos una primera muestra de esta política cuando Pedro Sánchez tiraba la toalla ante la soberanía del Sáhara a costa, por cierto, de nuestros necesarios lazos diplomáticos con Argelia. No se entiende la actuación del Gobierno, pero para hacer un juicio adecuado conviene hacer algunas puntualizaciones.
La primera es la única explicación lógica de la claudicación de nuestro gobierno, a saber, la inmediata y gratuita reacción de insolidaridad de varios países europeos, empezando por una Giorgia Meloni apresurada en reconciliarse con el gobieno estadounidense. El cuál, a su vez, busca cómo castigar a España, el único país que le ha plantado cara, al menos verbalmente, en su belicismo desaforado. Una Giorgia Meloni doblemente motivada por la ocasión de marcarse un tanto xenófobo, por simbólico que sea, ante un electorado que ya empieza a dejarse seducir por Futuro Nazionale, escisión de Fratelli d’Italia. Y continuando por países como Dinamarca y Finlandia, de los cuales el uno ha contado con la solidaridad de España en las amenazas de EEUU de hacerse unilateralmente con Groenlandia, y el otro reclama constantemente un esfuerzo común europeo para defender su frontera con Rusia. Todos han mencionado, y llegado incluso a algún amago práctico, la exclusión de España del espacio Schengen. En el lado opuesto, no hemos visto sonadas reacciones de solidaridad por parte de nadie. Al margen del paupérrimo augurio para el proyecto de unidad europea, estas reacciones dejan patente que España está más bien sola en la defensa de sus fronteras, incluso cuando se trata de recibir el más banal apoyo diplomático.
Sin duda, dicha soledad no explica en su totalidad la tibia reacción del gobierno español ante Marruecos, pero desde luego explica una parte. Sobre todo cuando las declaraciones de Marruecos sobre Ceuta y Melilla como «territorios ocupados» ha tenido eco en el Congreso de los EEUU, aunque no con la aprobación oficial de la cámara como se ha llegado a difundir. No hay que olvidar tampoco la molestia que puede suponerle a unos EEUU en declive global y actualmente muy escarmentados con ese tema de los estrechos, que el de Gibraltar, gracias a Ceuta y Melilla, no se puede atravesar sin pasar por aguas de soberanía española. Dado que EEUU es nuestro principal «socio» (resulta cada vez más vergonzante tratarlo de «aliado») militar, está claro que España debe rápidamente retejer una sólida red diplomática con nuestros países vecinos.
Pero en este caso, como vemos, el panorama es más bien frío. Nuestros más allegados vecinos europeos, las latinas Francia e Italia, que son tras Portugal nuestros países cultural y geográficamente más cercanos, el ámbito natural en que profundizar nuestras relaciones exteriores, no parece que en esto nos vayan a ser de ayuda alguna. De Francia son de sobra conocidas sus extrechas relaciones con el régimen de Mohamed VI. De Italia ya hemos hablado, si bien cabe esperar que otro gobierno italiano futuro sí vaya a estar a la altura de lo que nuestros afines pueblos merecen.
Ante la soledad constatada, en todo caso, conviene pensar en fortalecer la posición de España y su autonomía geopolítica. Y aquí se impone una segunda puntualización. La posición del PSOE está siendo la que es, y la aparición en Ceuta de Aznar, héroe del Islote Perejil -léase con y sin ironía-, marcan sin duda una politización del problema en cierta dirección pero, en profundidad, la connivencia con Marruecos no es específica de la izquierda. De hecho, ha sido en el ámbito de la izquierda donde, durante décadas, la solidaridad con el pueblo saharahui ha sido más activa, solidaridad que también se ha manifestado, por decencia y humanidad, con los que entraron en Ceuta, que no con el Estado marroquí que manipuló sus esperanzas. Vea, quien no lo haya visto ya, las palabras de Javier Bardem.
Enric Juliana, por su parte, comentaba hace poco la «paradoja» de que las derechas estén aprovechando la embestida marroquí para criticar ferozmente al Gobierno de sumisión a Marruecos… sin dirigir ellas mismas gandes críticas al régimen alauita. Análisis históricos más profundos nos llevan incluso a los peores precedentes. Es de sobra conocida la imprescindible ayuda militar que dieron a Franco Hitler y Mussolini -otra vez nos tocó la peor Italia-. No se menciona casi nunca, aunque registro queda en canciones republicanas de los años de la guerra, que Franco doblegó la voluntad electoralmente expresa del pueblo español desembarcando con 70 000 mercenarios marroquíes. Los moros que trajo Franco y que en Madrid quieren entrar.
La ocupación -esa sí lo fue- española de Marruecos fue sin duda el más culpable error de una élite casposa y desnortada en un siglo XIX en el que España no sabía qué hacer consigo misma, y de allí han emanado los mayores traumas de nuestro siglo XX. La Semana Trágica de Barcelona, el Desastre de Annual… y el grueso del ejército golpista que nos llevó a la Guerra Civil. Y, por lejano que pueda parecer, aquel 1936 es la clave fundamental de nuestra actual debilidad.
Largas décadas después, en 1975, España se quedó tan quieta como ahora ante la invasión marroquí del Sahara Occidental, que incluso llamamos con el nombre de Marcha Verde, el que Marruecos le dio. Para ello estuvo apoyado por Estados Unidos y por una Francia temerosa de la influencia argelina en el Frente Polisario. Pero lo crucial fue la debilidad española, el temor de un régimen moribundo, sangrientamente enfrentado a su población, asustado ante la Revolución de los Claveles a la que habían llevado en Portugal décadas de guerras coloniales infructuosas. Ante las agresiones extranjeras, la reacción de toda sociedad suele ir hacia aparcar las diferencias, minimizar las críticas y encontrar una mayor unidad. Cerrar filas. En nuestro caso, los enfrentamientos políticos en Ceuta y en el Congreso están dando un bochornoso espectáculo de división, un río revuelto del que sin duda tomarán nota pescadores.
Así pues, al margen de los favores, sobornos, tejemanejes y probables chantajes de Marruecos hacia una menguante clase política española, si todavía somos un pueblo capaz de aprender de nuestra historia, la moraleja es clara: la herida abierta de los cadáveres desperdigados en cunetas, tener más de cien mil víctimas españolas sin homenajear ni apenas enterrar dignamente, nos condena a un hedor a guerra civil imposible de contener bajo tupidos y raídos velos. La división interior y inherente tibieza que esto inspira ante el régimen político vigente son el corazón de la fragilidad exterior de España. Más allá de las discusiones ideológicas, el inmovilismo de caspa y sangre nos está denegando la posibilidad de ser un pueblo mínimamente unido. En la movediza geopolítica actual, esto nos convierte en un blanco suculento.
