La noche del domingo dieron en la Sexta una cobertura al minuto de los resultados de las elecciones municipales, autonómicas y europeas. La pantalla bullía de cifras circulando, colores, porcentajes e imágenes simultáneas de los periodistas en el plató y de algunos de los personajes de la noche electoral. Ininterrumpidamente sonaba una melodía trepidante de fondo, como en una persecución de Hollywood, sólo que durante dos horas o más, sin parar. El espectador debía ser abducido, como suele denunciar Peter Watkins, pero no nos vamos a quejar de eso a estas alturas.

Los resultados de las europeas aparecían en la parte superior de la pantalla, de forma permanente. Habiendo visto el plumero a la realización del programa, que buscaba el dato al minuto, sedienta de información con la que entretener sentada a la audiencia, lo normal sería también un baile de números que suben y bajan, de imágenes distintas, como se hacía con las autonómicas y municipales. Pero no. Los resultados de las europeas apenas se movían un poquillo, cada tanto, dando lugar a algún que otro comentario de los “expertos” esos del plató. Que sí PSOE saca tanto, PP queda por detrás, Ciudadanos no sé qué, Podemos ayayay… En ningún momento, durante toda la noche, se habló del resultado a nivel europeo de las elecciones, de los resultados en otros países, de las consecuencias para la UE o de cualquier otra cosa que no fuera el cuadrilátero político español .

Uno puede culpar entonces a la cadena seis por su falta de espíritu europeo. Pero como todo estaba tan medido para cautivar al espectador, la ausencia del asunto europeo en la cobertura de las elecciones nos remite directamente al desinterés de la audiencia. El Parlamento Europeo no vende en España. Si no culpamos a la Sexta, entonces habrá que culpar a los españoles, pueblo de catetos, o de pandereta, aislado del mundo, etc., etc., etc. Con lo importante que es el Parlamento Europeo, la cantidad de cosas que se deciden allí, etc.

Pero la verdad es que este desinterés no es patrimonio exclusivo de los españoles. Es cierto que hay países donde las cuestiones de la UE ocupan una parte mayor del debate público. Pero también lo es que suelen ser países donde la UE goza de mucho menos aprecio entre la población. Claro que, en apreciar a la UE, nadie gana a los españoles. A pesar de que no quieran saber nada de lo que pasa allí. En Francia, en cambio, la noche del domingo había una pequeña tertulia, bastante tranquilita, sin música ni nada, en la tercera cadena. No arrasó en audiencia, desde luego, pero algo habría. En todo caso, el partido ganador había sido el Rassemblement National de Marine Le Pen. Visto lo visto, mejor vivir sin pensar mucho en la UE.

Llevamos décadas hablando de una democracia a nivel europeo, de democratizar la UE, de acercarla a los ciudadanos que no entienden su importancia… La cosa está adquieriendo ya un carácter litúrgico. Ya hace algunos añitos desde que la “Constitución Europea” fuera rechazada por los pueblos francés y neerlandés en sendos referéndums y les fuera impuesta de todas maneras bajo el nombre de Tratado de Lisboa. Esa vez, sin referéndum. Por no hablar de cómo le fue al referéndum griego contra la austeridad… en fin, para qué explayarse. Todo el mundo sabe que la UE no es democrática, aunque la mayoría vivan en la ilusión de que eso se irá arreglando. Nada nuevo por aquí.

Viendo la ausencia total de la UE en la noche electoral, habiendo pasado tantos años desde que tenemos Parlamento Europeo y decidiéndose tantas cosas allí, pensar en un acercamiento de la UE a la sociedad es simplemente una fantasía. Pero una fantasía tan pétreamente persistente que hace pensar no en un rumbo lejano sino en un puro autoengaño, en una necesidad ideológica, cognitiva. Bruselas se parece cada vez más al Vaticano de antaño, cambiando el latín por el inglés y los cardenales por comisarios, pero manteniendo el oscurantismo y el paneuropeísmo. Se diría que los españoles necesitamos a la UE en nuestro mapamundi mental, como si la vida no tuviera sentido sin ella. Y le perdonamos todo. Hasta haber convertido España -u otros PIGS- en un país de hoteles playeros, tomateras, pensionistas, desempleados y jóvenes que o no tienen hijos o emigran. Todo está bien. Será culpa nuestra que somos un pueblo de vagos, como dicen las derechas, o será culpa de algunos sinvergüenzas como dicen, con más tino, las izquierdas. Pero desde luego la UE, el euro y el acaparamiento alemán no tienen nada que ver. Seguro. En todo caso, mejor no hablar de ello.

Estando así las cosas, lo que empieza a hacerse evidente no es ya que la UE no pueda ser democrática, sino que es la democracia misma la que no puede ser europea. Miren la tele, miren la plaza pública, el debate, escuchen las conversaciones políticas en los bares. Y busquen los asuntos europeos, todas esas cosas que tanto se deciden en el Parlamento, o en la Comisión. Uno no sabe de qué extrañarse más, si de que los españoles no se interesen por la marcha de un proyecto político en el que creen ciegamente o de que crean ciegamente en un proyecto político por el que no se interesan. La única explicación posible es que el europeísmo español es un sentimiento más negativo que positivo, una huida más que una atracción. Una postura de escepticismo ante la democracia, de que es mejor que las decisiones se tomen en otro sitio más serio. Una profunda falta de autoestima.  

Los devotos de la UE -que en España son la inmensa mayoría de la población y la totalidad de los partidos- conciben la democracia como una mera formalidad administrativa aplicable a cualquier escala y de la noche a la mañana. Una cosa ahistórica, euclídea, legítima pero casi arbitraria, y no un fenómeno real ligado a la conformación lenta y dolorosa de sociedades políticas. Pero la realidad es otra. Por suerte o por desgracia, cuando las decisiones más importantes se toman en un ámbito ausente de nuestro mundo, que escapa al juicio público, al comentario popular e incluso al periodístico, la democracia, sencillamente, es imposible.