Casas abandonadas en Albero Bajo, Huesca

La España vaciada se extiende por la meseta ibérica de manera alarmante. Nuestro país cuenta con algunas de las regiones menos pobladas de la UE. La mayoría de las comunidades tienen al menos una provincia con densidad habitacional baja y muchas de sus comarcas se encuentran en riesgo alto de despoblación.

Para mucho urbanita, la España interior, la despoblada, la denominada España vacía o vaciada, incluso olvidada, es un concepto abstracto, impreciso, dispensable. Poco más que un sinfín de paisajes planos, a menudo secos, a veces desérticos, que desfilan a más de 300 km/h tras las ventanas del AVE. Aerogeneradores plantados en tierras monótonas donde no sorprendería encontrar a un hidalgo a caballo, alzando una lanza en el aire mientras arenga a su escudero. Montes sobre los que se encaraman castillos huérfanos, pero soberbios, que dominan bosques de piedra, villas fantasma.

Y olivos, a veces. Campos de olivos que se aferran a una tierra árida, pedregosa y quemada. Extensiones infinitas, grosso modo, de esos seres primitivos, disciplinadamente alineados bajo el mando implacable de algún capataz tan viejo y torturado como los árboles que cultiva. Filas y más filas ahora de chopos, o de lo que sean, que forman tantos pasajes a ninguna parte, reflexiona el urbanita antes de que le interrumpan las vibraciones del móvil.

También la hay verde. Una España hueca pero fértil hecha de aldeas de postal y casas sin aire acondicionado, entre pinos, encinas y alcornoques. Allí se aventuran con mayor empeño domingueros de diversa índole, entre los cuales los mochufas de Santiago Lorenzo. O esos tipejos que, agazapados detrás de los matorrales y equipados con prismáticos Quechua, espían a Beatriz Montañez en su querida Niadela.

Paisaje natural de Sariñena, Huesca

España se vacía por dentro. El urbanita lo sabe. Es consciente. Es ley de vida, se dice. Ordenamiento territorial. Ley de la oferta y la demanda. Gestión de la cosa pública. Ley de la gravedad universal. El big bang. Otra notificación. Un mensaje de la parienta vía Twitter.

Debe haber gente escondida tras esas colinas doradas, mudas y eternas que surgen de la nada y desaparecen del mismo modo, en el trayecto Barcelona-Madrid. Ayudado por la tecnología, algún ser humano debe ser el autor de esos fardos de paja —¿balas, se llaman?— que secan al sol. Alguien. Una persona mayor. No tanto. De mediana edad. Un tipo taciturno, con sus bártulos y sus máquinas. Con su tractor. Y con sus dilemas, él también. Vestido con unos shorts y una visera sucia y raída. La piel quemada de tanto sol. Olor a tomillo y a Ducados. A carajillo de coñac.

Después de arar, irá al bar. En España hay un bar tras cualquier esquina, incluso en la vaciada. Charlará con otro tipo que también sigue por aquí, al pie del cañón, como un tigre. Una mujer fuerte, de mejillas coloradas y ceño fruncido, les servirá un vino frío. Hablarán poco, al principio. ¿Cómo va la cosecha? Ahí va. Luego, igual, se animan. Vete a saber cómo acabarán, esos tres.

Casa abandonada en Cartuja de Monegros, Huesca
Foto: Olivier-Antoine Reÿnès

Cuando Javier de Burgos, allá por el XIX, dividió el territorio en provincias, trató de equiparar el número de habitantes. Entre cien y cuatrocientos mil por pedazo de España. Pero claro, Dios los cría y ellos se juntan, y se arrejuntan, y se amontonan. A ver quién es el guapo se queda a vivir aquí, en esta tierra sin sombra, currando de sol a sol para arrancar al suelo un puñado de trigo. O cuatro tomates. Cuatro duros. Y así cada día. Uno tras otro. Con los malos humos de la señora del bar y el tío ese raro que mata las horas entre chatos de vino, olivas de Caspe y queso de Teruel.

Según el Gobierno —vete tú a saber—, el 90% de les españolites viven en 30% del territorio. Tanta reconquista, ¿para qué? El 70% de lo que queda no llega a las 14 almas/km². La UE constata que las provincias de la España interior se encuentran entre las menos pobladas de Europa, solo por detrás de Escandinavia, Islandia, la Rusia europea y parte del norte de Escocia.

La investigadora turolense Pilar Burillo explica en elDiario.es que el 53% del país está por debajo de los 12,5 habitantes/km², cifra que la geografía humana considera el umbral de riesgo de despoblación. Más datos: si bien la media de edad española se sitúa en los 43, en los núcleos entre 1.000 y 500 habitantes asciende a 50. Además, hay menos mujeres. Acabáramos.

El Estado ha decidido tomar cartas en el asunto. En primavera del 19, el Consejo de Ministres aprobó un plan de ataque que lleva por nombre Estrategia Nacional para el Reto Demográfico, así, con las iniciales en mayúscula, que suena mucho mejor, dónde va a parar. En Times New Roman, supongo. O en Calibri.

Paisaje natural de Luciñena, Zaragoza

El proyecto incluye el compromiso de que internet llegue al 90% de las localidades de menos de 5.000 habitantes. También hay ayudas al emprendimiento y al empleo joven. Como novedad, han pensado traerse los cuarteles aquí. Se ve que Defensa tiene instalaciones infrautilizadas, desperdigadas por las Españas, que podrían servir para dinamizar el territorio no solo con la chavalería que se trajesen, sino con la actividad que esta generase. Según los cálculos, el ministerio podría desplazar unos 200 efectivos a más de 50 zonas rurales. Lo que vienen a ser menos de cuatro por zona. Mal vamos. Ya me los veo, el sábado por la noche, en el bar de la señora. Menuda fiesta.

Luego está Luis Antonio Sáez, profesor de economía e investigador del Centro de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo de Áreas Rurales, zaragocí para más inri, que dice en El Mundo, que tampoco es para tanto. Que la cosa no está tan mal. Pregunta al que le entrevista que dónde están los más longevos del planeta. Pues claro que sí, tomándose unos chatos en los Monegros. El sistema sanitario no estará tan mal si ahí siguen a los ochenta y tantos, y más aún. En educación, tres cuartos de lo mismo. Los enanos más espabilados se crían en Castilla y León, según el informe PISA. Que eso de la Demográfica Nacional de Retos Estratégicos no está mal, pero lo que hay que hacer es centrarse objetivos viables, concretos, SMART. Pues igual tiene razón.

Sea como fuere, expertos de izquierdas y de derechas coinciden en que el futuro del campo va más allá de la agricultura.

Mañana mismo, el del tractor rompe la hucha y nos monta una planta fotovoltaica en los terrenos de la familia. O la señora que lleva el bar arregla las habitaciones de las nenas, que hace años que no les ve el pelo, y se saca unas perras con eso del turismo rural. Y si ponen un internet que tire de una vez, el de los chatos abre una tienda online de alpargatas ecológicas, que hay mucho hípster en la capital que ya no sabe con qué calzarse.

Fuentes: