Soy una de esas personas que, en este tórrido verano, se ha sentido atraída al cine por la revisión del relato de la Odisea del siempre sombrío pero sugestivo Cristopher Nolan. Les voy a ahorrar críticas cinematográficas para las que me falta competencia y buen tino, como tampoco abundaré en algunos detalles estéticos que no cuento entre lo más afortunado del film, como convertir a Agamenón en un Batman pasado de relleno o a Calipso en una suerte de alumna aventajada en un especial de La Isla de las Tentaciones. Cada uno que disfrute el cine a su manera. Con todo, Nolan es un director que consigue siempre transmitir la emoción que embarga a sus personajes y embarcarnos (esta vez literalmente) en cada historia que nos cuenta, en parte porque tiene a Cronos de su parte y maneja el tiempo como quiere y en parte también porque además ha construido una interpretación visual del viaje de Ulyses/Odiseo que contribuye a renovar un imaginario que ya va para gastado (su cíclope es, para mí, uno de los hallazgos de la historia).
Pero no quiero contarles algo sobre la película en sí misma. Lo que quiero es reflexionar sobre algo que la película trae y que ha llamado mi atención. He visto a Nolan, en mi humilde opinión, claudicar por primera vez frente a ese zeitgeist particular de nuestro tiempo que quiere convertir la narración fílmica en un espacio del activismo social pret-a-porter. Estoy apuntando a la presencia de un elenco trufado de intérpretes de muy diverso aspecto y condición que maneja con indisimulada intención la idea de que el mundo arcaico griego bien puede imaginarse como un reflejo de nuestras intenciones morales y de nuestra representación moral de, ups, la diversidad. Ya hemos sacado a relucir el palabro, que es parte del problema y, como intentaré demostrar, un indicio de lo desorientados que andamos en la ribera progresista del pensamiento.
Como viene siendo común para cada cosa de la que discutimos, este asunto del reparto de la Odisea de Nolan ha venido precedido de una polémica avivada por el inefable Elon Musk, a quien no le ha parecido plato de buen gusto tener en pantalla a una Helena de Troya -artista antes conocida como Helena de Esparta- representada por una actriz negra (Lupita Nyong’o). Como si no fuera suficiente, le han servido dos platos, dado que la misma actriz interpreta a la (vengativa) gemela de Helena: Clitemnestra. El asunto es que he visto y leído a muchas personas a las que admiro y leo discutir con la sombra de Musk sobre el porqué no es descabellado que existiera una Helena bien morena en tiempos de Homero o incluso sobre el porqué, por descabellado que sea en términos históricos, es conveniente y le hace un bien al mundo que exista una Helena que no luzca el aspecto de Miss Escandinavia. Creo que lejos de ser un hecho anecdótico, participar de estos debates revela cómo de desnortados andamos por la izquierda. No propongo doblegarnos ante las diatribas racistas del Sr. Musk, pero responder a estas cuestiones exige comprender primero críticamente el escenario en el que trabajamos. De otra forma, sólo estamos comprando su marco de pensamiento o dando por bueno con el crédito de nuestras buenas intenciones un estado de cosas que no nos conviene.
De entrada, discutir si una actriz negra sí o no es perder el foco sobre el fondo del problema. Y el problema es que claro que hay una Helena (y una Clitemnestra) negra, al igual que hay otros actores afroamericanos en el reparto (fantástico Himesh Patel haciendo de Euríloco, otro hallazgo). Como también hay un intérprete transgénero (Elliot Page), una Atenea muy lejana al estándar níveo (Zendaya) y en la tripulación de Odiseo hasta rema un tipo con pinta de acabar de llegar de Seúl. Pero la realidad es que son ejemplos de un tokenismo de manual porque todos ellos son personajes secundarios o que no aparecen en gran parte del metraje de la película y los hay hasta que la palman nada más empezar. Si la revolución woke es esto, la Escila de la ultraderecha no debería estar muy preocupada. Sobre todo porque, entre tanta “diversidad”, cuesta encontrar a alguien a quien identificar como mediterráneo, aunque sea desde los estereotipos. Por el contrario, los papeles centrales del film son de un exquisito canon caucásico y no ofenderán a nadie. Y esta es, para mí, una parte importante del problema: una (débil) representación de la diversidad humana, hecha a la medida de alguien que quizás vive en San Francisco o en Filadelfia; una imagen emanada de un imaginario Wasp que arrastra complejo de culpa. Nos incluye tanto a los habitantes del viejo mediterráneo como nos incluían las versiones de mitos griegos que Hollywood nos lanzó a la cara durante décadas, en las que el Olimpo era una sucursal de Estocolmo y era imposible imaginar una Hera que no se pareciera a Úrsula Andress. Buscando esta diversidad intercambiable, sin arraigo en ningún escenario histórico o social compartido, sólo estamos comprando el dichoso marco anglosajón que ampara nuestra cacharrería cultural. Otra vez.
Por cierto, hablando del Mediterráneo. No tengo una idea precisa de cómo somos en por aquí, aunque cuando lo imagino no nos parecemos mucho a Matt Damon ni a Charlize Theron. Ni tampoco tenemos una información muy clara de cómo era el aspecto en esta zona del mundo en el tiempo en el que sucede la guerra de Troya, ni en el tiempo en el que Homero (ese desconocido) nos cuenta la guerra de Troya y el periplo de Odiseo, que es mucho después, pero es seguro que era un mundo que distaba mucho de nuestras ideas moralmente sensibles sobre lo idóneo que es tener cuotas fenotípicas para expiar pecados racistas y coloniales. Espero que me perdonen la acotación sociológica en un texto que pretendía tomar el cine como argumento, pero si yo pienso en la diversidad que me rodea, por ejemplo, no puedo evitar referirme a la población gitana. Casi un millón de personas sólo en España (puede que más) según la estimación que hace el último informe Foessa, que arrastran los peores indicadores de exclusión social de nuestro entorno y a los que nunca jamás van a ver en una gran producción de Hollywood (ni en muchas películas españolas). Para ver esto, hay que salir del marco, dejar de mirar el mundo desde las intenciones perversas de la nueva colonización cultural y volver a una realidad muy imperfecta, que al menos es nuestra.
Hubo un tiempo en que dar la batalla en lo cultural era una de las labores de la izquierda. Por ejemplo, denunciando el imperialismo cultural de Hollywood. Hoy parece que renunciamos a esa pelea y nos conformamos con tomar partido porque hay que atrincherarse en algún sitio. A lo mejor estamos desconcertados y tememos la pedrada si no nos decantamos por un lado o por el otro, la temida equidistancia, que parece un Caribdis a punto de engullirnos. Pero la izquierda –y cualquiera que se considere progresista, si es que esa palabra todavía significa algo- debería salir de este estupor y proponer su propio marco crítico para que el ideario de Elon Musk, además de racista, parezca simplemente endeble.
Hace poco he visto una representación animada del viaje de Odiseo y su tripulación. Cuando era niño siempre imaginé ese trayecto como una larga travesía hacia delante, hacia algún lugar donde acaban los mapas. En realidad, es sólo un absurdo navegar en círculos, a la deriva de vientos y corrientes, por una estrecha franja del mediterráneo (para Odiseo, los límites de todo un mundo) que este verano cruzarán los cruceros preñados de turistas. ¿Será que la izquierda está embargada en su propia deriva, en busca de su Ítaca? Odiseo pasó 20 años fuera de casa en los que casi le despojan de todo lo que tenía. Espero, por el bien de todos, que el regreso de una izquierda lúcida, dure un poco menos.
