Conforme vamos adentrándonos en este siglo XXI se impone la presencia de la ultraderecha como vector político predominante, hasta el punto de que, quien más quien menos, ya nos hemos hecho la idea de que gobernará en una mayoría de países europeos en un futuro nada lejano. La tendencia comenzó a emerger a principios de siglo, en 2002, cuando en Francia la segunda vuelta de las presidenciales vio enfrentarse a un candidato de derecha y otro de ultraderecha, y la gran mayoría de los franceses acudió, incrédula, a votar en masa por un Jacques Chirac cuya popularidad estaba por los suelos, frente al espantoso Jean-Marie Le Pen. Algo inconcebible en el siglo XX, o al menos en esa segunda mitad de él en la que aún muchos ubican su marco ideológico-político. Fuera de la segunda vuelta había quedado el socialdemócrata Lionel Jospin, a pesar de haber tomado algunas medidas efectivas en favor de los trabajadores, incluyendo las famosas 35 horas semanales.

Ahora la ultraderecha ha dejado de ser un fantasma que recorre Europa para convertirse en un presente que gobierna ya varios países como Italia e Hungría y, desde hace escasos días, Chile, y acecha en los demás, como en Francia y Alemania, o asciende imparable, como en España y Portugal. Mandatarios como Macron, Starmer o Merz, perfectos representantes de lo que algunos llaman desde hace tiempo globalismo (y cierto es que algún nombre hay que ponerle) cuentan con índices de popularidad indigentes y las masas de votantes parecen hoy cansadas de elegir el mal menor.

Entretanto, los que vemos esto con preocupación ya no podemos lanzar explicaciones a la ligera o mirar para otro lado esperando que pase pronto este mal trago. Parece seguro que no hablamos de una tendencia temporal, de una racha derechista, sino que es todo el tablero político lo que parece haber adquirido coordenadas nuevas. El doctor y gran experto en geopolítica mexicano Alfredo Jalife llega a afirmar que la distinción izquierda-derecha ha dejado de ser útil para entender el mundo actual o, como poco, es menos útil que la distinción globalismo-soberanismo.

Cierto que en España, con una política acechada por una guerra-civil-dictadura cuyas heridas la derecha parece empeñada en no sanar, donde partidos como Ciudadanos o UPyD están abocados a disolverse en la derecha «de toda la vida», suena aún muy raro eso de entender la política sin izquierda ni derecha. Pero en nuestra vecina Francia (que, contrariamente a lo que todo español piensa, es uno de los países que más se nos parece en el fondo) se hace muy raro llamar a Macron «izquierda» o siquiera, en un intento por salvar el esquema, «centro». Radicalmente neoliberal en lo económico, plenamente liberal en lo cultural, Macron no es izquierda, ni derecha, ni un centro equidistante. Es otra cosa. ¿Globalista?

La emergencia de un espectro globalismo-soberanismo cada vez más significativo no es la única rasgadura en el universo izquierda-deracha sino que significantes reivindicados, como woke, se vuelven de la noche a la mañana herremientas de denostación, al tiempo que afloran categorías a priori aberrantes -y aun así claramente opuestas entre sí- como anarco-capitalista o roji-pardo. En semejante mundo distópico-cyber-punk y movedizo toca, responsablemente, ponerse a identificar a las bestias. ¿Estamos viviendo un revival del periodo de entreguerras? ¿estamos ante el fascismo-nazismo-nacionalcatolicismo «de toda la vida» disfrazado? ¿ante un fenómeno nuevo solo entendible a través de las nuevas redes de comunicación? ¿Ante una llana degeneración de la plaza pública a manos del zafio populacho? ¿Tiene siquiera sentido hablar de ultraderecha? ¿»Populismo»? ¿Pero qué está pasando?

Esta cuestión no puede ser resuelta en este breve texto ni por este limitado autor. Además, merecen igual atención las evoluciones de lo que seguimos llamando izquierda y del (no-)centro. Ciñámonos pues por lo pronto a palpar los contornos del fenómeno ultraderechista para preparar un debate inconclusivo.

En lo ideológico estos movimientos son claramente diversos, por ejemplo en cuanto a la economía. La distinción entre los anarcocapitalistas o libertarianos («libertarios» es demasiado) con Milei y Elon Musk como figuras de proa, y los tradicionalistas empedernidos (a los que no les va tan mal lo de «ultraderecha») capaces incluso de asumir cierto discurso social, se ha convertido ya en la principal línea divisoria entre ambos. En España provocó la salida de Vox de Espinosa de los Monteros frente al sector falangista liderado por Jorge Buxadé. En Francia existe ahora el partido Reconquête (nombre que hace obvia referencia a la Historia de España) de Éric Zemmour que no solo habla de inmigración sino, contrariamente a Le Pen, de «asistencialismo» y de impuestos excesivos. ¿La ultra-ultraderecha?

Junto al desacuerdo económico se encuentra el cultural. Alice Weidel, líder de la Alternative für Deutschland combina perturbadores discursos xenófobos en los que no duda en rescatar del nazismo términos como remigración, con una homosexualidad públicamente reconocida (para más inri, su pareja tiene orígenes srilankeses) que no duda en utilizar como bandera contra la intolerancia sexual proyectada en el inmigrante musulmán. En el otro extremo, es conocido el tradicionalista «Io sono Giorgia, sono una donna, sono una madre, sono italiana» de Meloni. La diferencia cultural no suele, sin embargo, llegar demasiado lejos. Ambas líderes repudian políticamente el matrimonio homosexual y se llevan de maravilla con Elon Musk. La xenofobia les une mucho más de lo que todo lo demás los separa.

Si bien en lo ideológico existe, pues, este común denominador, en lo sociológico (fatal punto ciego de la prensa) encontramos diferencias radicales. Detrás de Nigel Farage, Vladimir Putin y Marine Le Pen se encuentran electorados de cuño claramente popular. El sesgo de clase trabajadora que presenta el voto a Le Pen es, de hecho, mayor que el que nunca alcanzó el voto al Partido Comunista, que incluía una porción de clases medias extremamente minoritaria en el caso del Rassemblement National. En cambio, el voto al recién electo José Antonio Kast en Chile es, como el de Vox en España, transversal y con sesgo juvenil. Solo Bolsonaro contó claramente con un electorado de nivel socioeconómico elevado. Y este era también el caso del fascismo, del nazismo y del nacionalcatolicismo, que eran primordialmente movimientos de clases medias y acomodadas con sesgo antipopular. Este hecho crucial separa claramente a las ultraderechas de hoy de aquellas, hasta el punto de que resulta intelectualmente deshonesto asimilarlas.

Por último pero no menos importante, existe cierta división en lo geopolítico, con el dilema entre una Rusia de Putin que bien cumple las aspiraciones de toda extrema derecha: tradicionalista, autoritario, neoliberal, nacionalista (aunque no xenófobo), y enemigo de un Zelensky claramente alineado con la némesis globalista woke; y un Donald Trump que también marca todas las casillas menos acaso una, la de un tradicionalismo poco ostentado, compensado con creces por una xenofobia histérica. La existencia de Putin y Trump ha producido estrabismo en la ultraderecha europea, lo que muestra los límites de los criterios meramente ideológicos para entender esta historia al margen de una geopolítica que hace que los dos viejos rubios sean estrictamente incompatibles (contrariamente a la connivencia con la que los presentan los medios predominantes). El alineamiento ya ha marcado alguna sonada disensión, como la que ha opuesto al prorruso Salvini con la decididamente proyanki Meloni.

Dejémoslo por hoy en estas constataciones. Lo ideológico, lo sociológico y lo geopolítico ya nos permiten distinguir hasta ocho combinaciones posibles, cuando partíamos de una sola categoría. Parece que no hay gran cosa en común entre esta ultraderecha al margen del componente xenófobo, cuyo poder federador está por ver cómo evoluciona. Existe otro gran denominador común que no hemos nombrado: el crecimiento gracias a las redes sociales a través del alboroto, el bulo y la declaración escandalosa (junto a la cobertura que reciben por parte de medios bien tradicionales como Fox en EEUU o CNews en Francia). Pero vemos que las líneas de fisura no son pocas ni superficiales, por lo que bien pueden convertirse en enfrentamientos agudos a medida que estos movimientos ganen espacio. Cosa que, por el momento, no parece que vayan a dejar de hacer.