Por casualidad llegó a mí Frankie Lymon (1942-1968) en un vídeo breve de una aparición en la cadena estadounidense CBS del año 1959. Cantante carismático y dotado, precoz, seductor, muerto prematuramente a causa de una adicción nunca superada a la heroína. Tuvo una vida infancia muy dura, pero su talento le permitió llegar a ser casi una celebridad. Solo tenía un defecto imperdonable en el Estados Unidos de ayer (y de hoy): era negro.

En el vídeo en cuestión, que se popularizó tremendamente en diversas redes, aparecía el adolescente Lymon bailando como un junco, guapo, risueño, con una voz dulce y potente y un absoluto dominio del oficio de artista de la escena. El público de jovencitas que lo había jaleado histéricamente troca su entusiasmo en asco cuando descubren que la deliciosa voz disfrutada a través de la radio corresponde a un chico negro. Se mantuvo como un Sansón frente a esa masa de desprecio racista. Leí más tarde que la reacción era una interpretación equivocada, que las chicas se mostraban contrariadas porque querían bailar y no las dejaron. Me suscita esta interpretación muchas preguntas. ¿Todas querían bailar? ¿Por qué el cámara enfoca y retrata tantas expresiones de desagrado? No parecían tristes ni decepcionadas, hay verdaderas muecas de repugnancia.

De Lymon me enamoré y del racismo me seguí acordando; creo que ahora en nuestro país lo llaman «prioridad nacional». Por lo visto, en vez de invertir en servicios públicos, redundará en una mejor calidad de vida para todos los españoles dejar morir o rabiar de dolor a trabajadores vulnerables a la puerta de una clínica por no tener clara su situación administrativa. En otra época y latitud lo llamaron «apartheid». Ojalá la historia sea cíclica, como la concibió Vico, y tras este nuevo «apartheid» venga un Mandela para España. O casi mejor si logramos pararlo antes de que sea tarde.

Después de ese vídeo supe de una película que tomó prestado el título de una de sus canciones: «¿Por qué los tontos se enamoran?» En su cortísima vida contrajo matrimonio tres veces y hubo un litigio por heredar los derechos de autor que llegó hasta los ochenta. Se retrató en esa pieza de cine a Lymon como un seductor despreocupado, ni rastro de sus penurias económicas, soledad y angustia, en la que no poco tuvo que ver el institucionalizado racismo de los Estados Unidos. Llegó a pagar cara su osadía cuando se atrevió a bailar con una chica caucasiana en un programa de televisión.

Lymon me seguía e interpelaba después de conocerlo. Resonaban en mi mente sus alegres canciones de amor, con esa mezcla de hedonismo y machismo que caracterizaba la época, con mujeres infantilizadas e historias de amor donde el dolor merece la pena si hubo placer. A mí las canciones me desvelaban otro mensaje, me susurraban un dolor, un grito sordo de auxilio. «Tell me why…» canta Lymon afinando la voz en un agudo conmovedor en «Why the fools fall in love?» y yo escuchaba: «¿Por qué me odian?» Cuando canta «Little bitty pretty one, come and talk to me», yo solo oía: «Talk to me». Cuando, siendo apenas un niño gracioso, en compañía del grupo original que lo aupó, «The Teenagers», canta «I am not a juvenile delinquent» y repite: «No,no, no…» , pienso en linchamientos, inocentes triturados a cientos cuyos casos raramente fueron documentados, en violaciones, en humillaciones y abusos, en una existencia convertida en un delito por un sistema criminal, en una sociedad, la estadounidense caucasiana y protestante, podrida, ignorante y testaruda como un cáncer. No, no era un delincuente juvenil, como tampoco lo era aquel niño negro, que solo llevaba en su mano una lata de refresco, abatido a tiros por un idiota . Fue absuelto. Matar niños negros nunca ha sido un verdadero crimen en el autoproclamado país de las libertades

Leo sobre Lymon, su apetito sexual, su caída en desgracia, sus adicciones, escucho su música bonita y alegre. No encuentro testimonio del racismo que debió incordiar su vida. ¿De verdad después de leer el «Hombre invisible» de Ellison podemos asumir que fue irrelevante en su vida el racismo? ¿Qué debió pensar cuando sufrió momentos de desprecio, agresión o de falta de respeto? ¿Tuvo que hacer uso del infame «libro verde» que mostraba los lugares que admitían a ciudadanos afromaericanos como clientes en sus giras por el país? Me resisto a creer que fue accesorio en su vida, como una especie de reúma que uno aprende a ignorar.

Lo triste no es que hayan sucedido estas cosas, sino que sigan sucediendo. Sambou Diaby fue expulsado recientemente de un bar en Bilbao so pretexto de impedirle vender una mercancia que no llevaba, más que nada, porque es, además de negro, español y actor, no mantero; manteros, ese margen de la economía que nos importuna en nuestro tiempo libre con su pertinaz miseria e impertinente insistencia en sobrevivir.

¿Y qué hay de quienes no son célebres? ¿Cuántas cosas suceden mientras nos convencemos de que el racismo es cosa de otros? ¿De verdad merece un negro pobre ser tratado como un animal salvaje? ¿Qué horrores no nos esperan cuando se produzca para toda España un gobierno ungido en la xenofobia?

Le mostré a mi madre el ahora célebre vídeo de la actuación de Frankie Lymon en solitario, con apenas dieciséis años y frente a toda esa cohorte de cretinas con cara de indigestión. No lo conocía. Le comenté lo que había leído. Lo miró en silencio, escrutando la escena con su muy deficiente vista a sus ochenta y siete años. Se quedó en silencio, acarició casi inadvertidamente el rostro sonriente del cantante en la pantalla y susurró: «Pobre hijo».

«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.»

Hermanos.