“La oligarquía no me mata porque sabe que si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán cincuenta años en regresar a su nivel normal”.

Jorge Eliécer Gaitán Ayala

Y lo mató la Oligarquía Colombiana en 1948 y aún hoy las aguas no se calman. Mucha agua ha pasado ya debajo del puente de Boyacá, ese que un día le dio la independencia a Colombia. 

El surgimiento de las guerrillas marxistas en 1964 contra el gobierno del frente Nacional (conservador y liberal), dio inicio a una larga travesía de violencia, guerra y desolación, la cual vio su punto más crudo cuando, en un conflicto armado interno, tanto las guerrillas como los paramilitares de extrema derecha, los narcos y el Estado, se enfrentaron en una guerra fratricida que dejó miles de muertos, millones de desplazados y una deuda social con la mayoría social de la sociedad colombiana. Incluso esa misma oligarquía, asesina y violenta, aún gobierna en Colombia, aliada ahora con los paramilitares y el narcotráfico bajo una aparente democracia. El sueño de Pablo Escobar, quién fue narcotraficante, terrorista y político colombiano, fundador y máximo líder del Cartel de Medellín, fue cumplido a cabalidad por el Narcotraficante No. 82, Álvaro Uribe Vélez. Uribe, ahora gobernando en cuerpo ajeno (Iván Duque), pretende continuar perpetuando la dictadura del miedo, la muerte y la censura.

Pero Colombia hoy es un mar de dignidad y rebeldía. El pueblo colombiano se ha llenado de la digna rabia y ha salido desde el 28 de abril a tomar las calles como trincheras, desde donde construir un mejor país. Desde aquellas revueltas del 9 de abril, cuando mataron a Gaitán, no se veía ese puño cerrado al aire de las grandes mayorías del país.  Seguramente, la oligarquía y los emisarios del gran imperio, no midieron el vaso y, con una reforma tributaria que ponía a pagar los gastos sociales del COVID a los más pobres, se armó una tormenta imparable que ya le ha costado la vida al mismo proyecto tributario y el puesto al ministro de hacienda.

Pero, aun así, Colombia no se conforma y se lanza con valentía manteniendo el Paro Nacional, con miras a un futuro que deje atrás la guerra, esta malvada que camina con la muerte. Que siembra sufrimiento, dolor, sangre y lágrimas. Guerra que reproduce víctimas, injusticias e impunidades. Guerra que ha de quedar en el baúl del recuerdo, a pesar de que los victimarios se aferren a ella para su beneficio.  Dejar atrás la eterna deuda social, esa misma de hace 50 años y por la que la sociedad viene buscando: tierra para el que la trabaja, salarios dignos y justos, garantías de educación y salud, empleos para la juventud, ambientes sanos y diversos, verdadera democracia e igualdad, soberanía y libertad.

En esas calles hoy se ve a niños y viejos, jóvenes y adultos, desempleados y obreros, profesores y estudiantes, amigos y extraños. Todos por igual con ese mismo llamamiento de la historia, de necesidad y de resistencia, para que, juntos mano con mano, se arrebate a los usurpadores la riqueza necesaria para un mejor vivir. Cerca de 500 mil personas se han tomado plazas, parques, avenidas y calles, paralizando las principales ciudades y poniendo contra la pared a las clases dominantes. En un paro nacional que ya llega a 15 días, dejando incluso sin combustible y comida algunas principales ciudades. 

La osadía de los pueblos, los verdugos la cobran caro. 47 muertos, 548 desaparecidos, 12 casos de violencia sexual y 963 detenciones arbitrarias (Según Indepaz y ONG Temblores) dejan hasta hoy las actuaciones violentas de la policía y el ejército colombiano, en el marco de las recientes protestas del Paro Nacional en Colombia. Cifras que escandalizarían a cualquier telediario europeo si se dieran en Venezuela o Cuba, pero al ser del gobierno de Iván Duque, amigo de Trump, Abascal, Casado y Jonhson, se aplica la ley del silencio que raya con la macabra complicidad.

Para los muertos del pueblo no hay minutos de silencio, sino toda una vida de lucha y de combate, y el pueblo colombiano lo sabe muy bien. Por eso aún se mantiene en las calles, reclamando esos sueños de paz, justicia social y oportunidades que le han sido arrebatados por generaciones. Los colombianos sabemos, que a nuestros muertos no los enterramos, los sembramos para que florezcan.