A veces fantaseo con la idea de un estudio mundial sobre cómo nos ven desde fuera a los que vivimos este artificio dentro de otros artificios que llamamos España. Es altamente probable que la idea de lo español estuviera recargada de brillos y ambientes bien iluminados. Para muchos España debe ser el país del sol y de la luz (prueben a tener el horario de Berlín aunque estén a más de 2000 km, eso siempre ayuda a que el día nunca acabe); también el lugar de la vida que sucede a la luz del día, con nuestras bonitas plazas y calles llenas de gente y todas esas terrazas en las que alguno de los noventa y tres (!) millones de turistas que nos visitaron el año pasado han intentado curtirse sentados al sol mientras marinaban su organismo con nuestro (excelente) alcohol barato.
Sin embargo, después de vivir esta semanita, tengo para mí que somos más de uno/a los que hemos descubierto que hay una realidad muy española, tan grande como la que vemos en superficie, que vive bajo nuestros pies, en una completa oscuridad. Una España soterrada que es como un incómodo inconsciente colectivo pugnando por hacerse notar; un sustrato en el que conviven los cadáveres añejos, los viejos odios latentes de siempre, las ideas apolilladas que alimentan las conspiraciones y tejemanejes nuestros de cada día.
De ese infrapaís siempre hemos tenido huellas que hemos querido ignorar, aunque estuviera ahí, empujando, cual ventosidad inoportuna. Que levante la mano quien no haya conocido en su familia y alrededores algún nostálgico del franquismo, por ejemplo. Siempre los despachábamos con cierta frivolidad. Eran los raros de la familia, pero se les tenía cariño. Un cariño folclórico teñido de desdén, pero cariño, al fin y al cabo. Proclamaban su amor a Franco en bodas y bautizos y la cosa, al parecer, quedaba ahí. No se les sacaba mucho de paseo, claro, porque daban un poco de grima, así que, como otras vergüenzas de familia, se quedaban a la sombra. Pero una cosa es que no se vea lo que echamos bajo la alfombra y otra cosa es que desaparezca de nuestras vidas.
Alguien inventó una expresión para referirse a esa otra porción de la sociedad que prefirió no participar de nuestra (ya saben, es un decir) “modélica” transición[1]. A la parte que se empeñaba en detener los relojes del tiempo en democracia la llamaron “franquismo sociológico”. Yo, que soy sociólogo, ya les digo que el término se las trae, pero para qué me voy a meter en esos barros. Me quedo, más bien, con que era un palabro funcional para describir esas costumbres, valores y maneras de ser y estar que parecían haber pervivido (¿debería decir medrado?) en nuestra sociedad democrática. Esta semana nos ha descubierto que eso que suponíamos un rescoldo del pasado es, en verdad, la amenaza del incendio de nuestro presente. Recientemente el CIS (el de Tezanos, ese) reveló que a una quinta parte (!) de la población de nuestra Iberia recalcitrante los años del franquismo le parecen “buenos” o “muy buenos”. Y no me parece poco sintomático que hemos pasado de celebrar un 20-N que era una feria franquista nostálgica encapsulada, una fiesta distroyer de disfraces siniestros, a ver cómo la feria, que antes se llevaba por dentro, ahora hay quien no tiene inconveniente y sí cierto deleite en celebrarla cada día, lo mismo en la calle que wassap mediante.
Con tanto augurio de Tezanos parecía que la curva de la realidad no podía tender más hacia lo grotesco. Pero no. Como hay gente que no parece haberse enterado de que algo sombrío se está moviendo de abajo a arriba, hay dos señoritas que -por lo visto para hacernos un favor a todos y parar el fascismo usando sus glándulas mamarias como únicas armas de destrucción masiva- han decidido presentarse en top-less (igual también un pelín brain-less) en una misa franquista. El desenlace nada sorprendente del asunto es que han acabado siendo manoseadas por un personaje paradigmáticamente repugnante, muy probablemente un descarte del casting de La Escopeta Nacional de Berlanga. Y sí, imposible no pensar que estas son las dos Españas que han de helarte el corazón, sólo que reloaded; quiero decir: versión siglo XXI.
Mientras tanto, se nos ha dado a conocer también el resultado de un juicio, al parecer inédito en nuestra breve memoria democrática, en el que se ha condenado al Fiscal General del Estado. Pero lo sintomático es que esto es, en realidad, irrelevante para cualquiera que haya seguido esta noticia. Lo verdaderamente jugoso para todo buen observador ha sido seguir el rastro de un submundo de filtraciones, gargantas profundas (profundísimas), manipuladores, dossieres y carpetas, pactos secretos y acuerdos cavernosos que, según parece, apuntalan el día a día de nuestro sistema judicial, de nuestra política y de los y las periodistas que nadan de un lado a otro. Es difícil ser española o español hoy y no entender que debe haber dos justicias: una es la que se ve y trabaja a la luz del día, esa de los juzgados atestados en los que los de a pie acudimos a dirimir nuestros asuntos y tenemos que esperar años a que se resuelvan; la otra debe ser un chiringuito subterráneo que sólo permite la entrada de unos pocos, que se mueve mucho más rápidamente y usa tiempos conniventes con oscuros intereses o urgencias políticas. A veces, las palabras dejan poco lugar a dudas. Uno de los personajes más mediáticos de estas tramas de la España de hoy es una señora a la que precisamente ha grabado un señor magistrado a la que, según parece, deberíamos concebir como una “fontanera”. Ya saben, las tuberías también corren por lo bajo.
Acaba el repaso semanal con más actualidad de subsuelo, porque alguien se ha molestado en darnos a conocer un mapa con la ubicación de todas las fosas comunes donde todavía hoy, bajo la claridad con que siempre se ilumina la historia de nuestra exitosa mudanza a la democracia plena, siguen pudriéndose los perdedores de siempre: en las cunetas, en los campos, al pie de lomas y barrancos, en mitad de ningún sitio; desposeídos de todo. Toda España huele a muerte. Si cada una de esas fosas fuera una bombillita de colores, pardiez, todo el territorio brillaría como un gigantesco árbol de Navidad dedicado a esos occisos anónimos cuyos huesos yacen mezclados unos con otros. Ya temo que en cualquier momento el suelo ceda y nuestro meritorio artificio de artificios que llamamos país se hunda todo él en la oscuridad, bajo tanta galería y tanta fosa.
Estoy a punto de escribir que igual sí que existe la tercera España, esa con la que a veces especulamos, lo que pasa es que no nos hemos dado cuenta de que no es esa vía luminosa con la que queremos liquidar el pasado y dirigirnos al futuro, sino una que está enterrada, lugar de aires apolillados, mucho tiempo cerrado, lleno de sombras deseando salir del closet para hacer de las suyas. Pero mejor me voy a callar, no sea que tenga razón. En fin, mañana será otra semana.
[1] Más allá de los relatos oficiales, la versión de la transición en la que yo me solazo es la que describe Vázquez Montalbán en El Pianista: el resultado de un precario equilibrio entre “los que supieron dejar de ser franquistas a tiempo y los que supieron ser antifranquistas en su justa medida o a su justo tiempo”.
