Pedro Cifuentes «Cifu», profesor y caricaturista, lo expresó muy bien: ni unicornios ni dinosaurios. Los dinosaurios rebuznan que la letra con sangre entra sin haber leído a Quintiliano. En «Institutio Oratoria» escribió el sabio romano este aserto como metáfora del «studium», esto es, esfuerzo, recordando el sangrado de los dedos por la manipulación de los rudimentarios útiles de escritura de la época; no aludió a la tortura física. De esta época es también el «docere et delectare» de Horacio, el enseñar deleitando. Los dinosaurios son esos señores conservadores con un punto de narcisismo mal disimulado que se consideran los últimos herederos de Leibniz y creen que los adolescentes nos conducen al Planeta de los Simios con sus cacharros, sus bailes y su irritante costumbre de decir su edad quitando el dos a su año de nacimiento. Presumen éstos de haber memorizado nóminas absurdas como los nombres de los ríos de España o la lista de los reyes godos, lo que me hace pensar en todos esos fracasados incapaces de nombrar un solo afluente del Duero, como Stephen Hawking, Barack Obama, Mario Monti o Murakami. Probablemente estos miembros honorarios del Colegio de Bolonia entrarían en pánico si les pusieran un examen sorpresa de primaria hoy. He escuchado o leído a estos enciclopedistas a la violeta en tertulias y artículos errores conceptuales sonrojantes desde la perspectiva de mis maestras de EGB. Ya que ya no son ni jóvenes ni guapos, les queda el consuelo de mofarse de las nuevas generaciones y de castigarlas y amargarlas por su necedad. El sistema educativo no puede estar al servicio de las necesidades masturbatorias de los varones de mediana o avanzada edad con acusada alopecia de este país, entre los que me incluyo, así que poco valor tienen sus soluciones o análisis.
Los unicornios son quienes hacen buena aquella argucia de Don Drapper en «Mad Men»: si no te gusta de lo que hablan, cambia de tema. ¿Los chicos de clase baja fracasan en matemáticas? Motivación es lo que falta. ¿La lectura es cada vez más difícil? Ludificación. ¿Pocas mujeres en bachillerato tecnológico? Más recursos digitales sobre mujeres ingenieras. ¿Responde a alguna causa conocida de alguno de los problemas señalados? ¡A quién le importa! Es optimista, aprieta al docente y, sobre todo, es socialmente libre de culpa y gratis.
Tuve yo dos sinvergüenzas en un segundo de ESO, repetidores ellos y más tontos que grandes, que cuando se aburrían, fingían una pelea entre sí para reventar la clase. Supongo que les aguarda un brillante futuro en política, porque básicamente es lo que hacemos en educación desde la LOGSE: la batalla eterna entre unicornios y dinosaurios. Esa batalla me impedía dar clase e impide al ciudadano llegar a la conclusión que más temen gobiernos regionales, central y ayuntamientos: es imposible una solución sin gastar dinero durante mucho tiempo. Todas las leyes educativas tuvieron aciertos y errores, pero todas se caracterizaban por un pecado original: estaban infradotadas y se aplicaban con prisa. Aparte se mezclaban con el clasismo de la desclasada clase media, que pide colegios privados a cargo de los presupuestos públicos (los infames conciertos) bajo una interpretación discutible del derecho a elegir la educación de sus hijos (y que sus hijos no se junten con chusma), para así poder mangonear a los profesores, siempre explotados y amenazados de despido y lograr incluso inflar los numeritos de sus retoños de mediocres capacidades. El papel de la religión católica, que aporta tanto como estorba y se resiste a pasar a un segundo plano, también despista y agria el debate educativo. Cada bando trufa con sus particulares fantasías y mitos cada escolástica ley educativa que paren, salvación para unos y condenación para los otros. ¿Dotación presupuestaria? Un euro. ¿Resultado? ¿Recuerdan aquello tan bueno pero de segunda mano tan barato que compraron? ¿Qué pasó? ¿Explotó? Quién lo iba a decir… La culpa es de los profesores vagos, las leyes, los chicos, las máquinas, el reguetón.
Recuerdo una cosa que funcionaba: dos docentes por aula o por curso. O con un grupo menor. O con apoyo. He visto mil soluciones parecidas, antiguas y modernas, y todas se parecen: más efectivos, mejor preparados y sin llegar a la extenuación. El problema es que esa solución cuesta más dinero que inventar palabras y conceptos como «situación de aprendizaje».
Los mismos padres que braman en las calles por su derecho a educar en sus principios y quienes se les oponen tienen algo en común: no suelen hacerlo. No llevan a sus hijos a museos, no les compran libros, no les abren los ojos a la ciencia, no leen con ellos ni sin ellos, desautorizan a sus profesores, cuestionan la utilidad de los contenidos, gozan con las mismas tonterías que sus hijos, les dejan prolongar las vacaciones para ir a «Terra Mítica», llenan de actividades de escaso valor instructivo las excursiones y los hacen niños hasta «la edad de la primera barba», como lo describía Platón.
El demoledor Informe Pisa de este año es crónica de una muerte anunciada. Los españoles celebran a sus futbolistas, pero no a sus grandes científicos ni a sus artistas ni a sus pensadores. Triste esa noticia de aquel muchacho extremeño admitido en Londres para estudiar danza en una prestigiosa institución y que no pudo ir por falta de recursos. La Junta de Extremadura no pudo encontrar esos miles de euros ni en el sector público ni en el privado, como si se tratara de una república en subdesarrrollo. El adorable Nico Williams sacó a su familia de la miseria con los pies y me alegro mucho, pero si la naturaleza o el azar lo hubiera convertido en un cojo genio de las matemáticas, aún andaría esa noble familia en la pobreza.
Una pregunta dura: ¿De verdad nos importa la educación? ¿Estamos dispuestos a sacrificar prejuicios, ideas, comodidades, caprichos, egoísmos, orgulllo, recursos, por lograr la excelencia en la difusión del conocimiento? ¿O nos basta con que ese informe deje de avergonzarnos, aunque sigamos tan catetos como estábamos? ¿Esos padres que presionan para que su hijo apruebe sin motivo creen en la educación?
En Alemania un borracho de madrugada quiso agredirme en un bar de mala nota en Oldenburg, pero su puño no rozó mi cara, porque de la nada, y aún no sé de dónde sacó esa fortaleza, una tímida mujer de Europa del Este a la que había conocido poco antes, oronda y de mediana edad, se abalanzó sobre él y lo lanzó como un inverosímil Hércules contra una mesa de billar. Con ira contenida avanzó hacia ese grandullón desconcertado por la inesperada derrota y le siseó en alemán: «Si algo aprendí en Polonia es que a un profesor no le se toca. Tú eres basura, pero por fortuna tú hijo no lo será porque tiene profesores. Ahora ve, arrodíllate y pídele perdón.» El ebrio gigante idiota, arrastrado del cuello por esta Atenea alcóholica, fue postrado ante mí en una escena absolutamente inconcebible y musitó:»Es tut mir wirklich Leid, entschuldigen Sie.» La traducción sería más o menos lo que dijo el rey emérito tras su fallida caza de elefantes.
Por eso, con niveles de renta más modestos, Polonia y Hungría acumulan más descubrimientos y científicos laureados en física, química o matemáticas que nosotros. A ellos sí les importa la educación. Si queremos que esta torre de pizzas alcance las nubes y dé para que comamos todos, habrá que empezar por rascarse el bolsillo, dejarse las ofertas y empezar a pedir sin racanería cuantas hagan falta y las más grandes que haya en el «Domino’s».
