Immanuel Wallerstein, gran geopolitólogo, creador del concepto de sistema-mundo, uno de los más prominentes actualizadores del materialismo histórico y de la Escuela de los Anales francesa, analista de los grandes ciclos de larga duración en la Historia, descansa en paz desde hace seis o siete años. Un tiempo irrisorio para la escala con la que él medía el curso del tal sistema-mundo. Me dejó pensativo unos días haber leído en uno de sus textos que, desde el inicio de la segunda modernidad, la inaugurada en 1789, en Europa y América (¿es decir, en «Occidente»?) sólo había habido tres grandes ideologías: liberalismo, conservadurismo y radicalismo. ¿Nada más?
Si bien para el profano esta afirmación puede resultar un tanto banal a primera vista, detengámonos aunque solo sea en el corrosivo número tres, que ya por sí solo contraviene el mapamundi mental de todo español. Y es que este último especimen vive inmerso en el dos, en un mundo donde sólo hay izquierda y derecha. Se puede ser más extremo o más moderado en cualquiera de ellas, o incluso ser de centro y estar justo a medio camino (respecto a esta posibilidad no deja de haber un marcado escepticismo) entre las dos: todo esto el español de a pie lo entiende bien. Toda vez que el espectro mantenga una estricta unidimensionalidad, encuadrado en dos polos opuestos.
En el país vecino, sin embargo, la afirmación trinitarista de Wallerstein encuentra un eco práctico sorprendentemente exacto. El paisaje político francés se ha vuelto curiosa y equiláteramente triangular. La France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon vendría a representar el radicalismo, la Renaissance de Emmanuel Macron, el liberalismo, y el Rassemblement National de Marine Le Pen, el conservadurismo.
Por supuesto, otras clasificaciones y números son perfectamente posibles, como el gran cuatro que traza Emmanuel Todd al ver en las ideologías una proyección a escala colectiva de los valores practicados a escala familiar. Dado que las investigaciones constatan la existencia de cuatro tipos de matriz antropológica en Europa, que resultan de un aristotélico cruce de dos variables: un eje autoritarismo-liberalismo y uno igualitarismo-diferencialismo; damos con cuatro combinaciones ideológicas posibles cuyas manifestaciones más prominentes han sido, respectivamente, anarquismo, comunismo, neoliberalismo y nazismo, fuertes cada una en las regiones de Europa antropológicamente predispuestas.
Volviendo a coordenadas más intuitivas con nuestro familiar dos, recordemos que Lenin también tenía su acepción: derecha e izquierda consistían, respectivamente, en subestimaciones o sobreestimaciones del momento revolucionario. Por su parte, Gustavo Bueno se dedicó a demoler mitos, con sus célebres El mito de la izquierda y El mito de la derecha. En el primero daba la más sólida definición de izquierda que el lector podrá encontrar: la combinación de racionalismo y universalismo (siendo la derecha su negación respectiva: altar y trono). Definamos rápidamente, aquí mismo, universalismo como principio ideológico expresado en el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Incluso acortemos todavía su sintaxis, más allá del título humano, sintéticamente en su primera y última palabras: todos, iguales.
Cierto es que todas estas disquisiciones pueden oler a rancio hoy, en pleno siglo XXI post-ideológico: ¿No han sido las ideologías meros sucedáneos transitorios de la religión cristiana durante los siglos que les ha llevado a las sociedades occidentales quitarse de encima la fe en Dios? ¿No han perdido su función de contrapeso una vez que la fe religiosa se ha derrumbado (al margen de sus revivals más o menos graciosos)? ¿No explica esto los derrumbes electorales de opciones juzgadas demasiado ideológicas?
Quizás sí, pero aun apostando por la era post-ideológica, mientras esperamos la «emergencia» de una nueva modalidad de conjugación entre lo moral y lo político tras las religiones y las ideologías, no deja de ser útil resituar el mapa. Por si acaso. ¿Es todo descomposición, anomia y nihilismo? ¿homo economicus, criptobrós, baja fecundidad, individualismo, vulnerabilidad y muerte de toda épica?
No deja de resultar sorprendente que la rabiosa actualidad que mantienen las tensiones sociales no esté produciendo demasiadas novedades ideológicas y que muchos movimientos se prodiguen brandiendo banderas raídas. Sorprende, de hecho, lo fácil que nos ha resultado clasificar las tendencias ideológicas siguiendo, por probar, el esquema trino de Wallerstein y rearticulándolo con un eje izquierda-derecha. La operación no deja de arrojar resultados chocantes como radicalismo de derechas o conservadurismo de izquierdas pero, ya lo hemos dicho, estamos en el siglo XXI. Toda intersección es posible. Veamos cómo queda este grato experimento.
Consideremos, para simplificar aun más el asunto, que la negación de cualquiera de los dos criterios necesarios aportados por Bueno (universalismo + racionalismo) sirva para calificar una corriente como derecha. Así, un universalismo de corte místico no podrá ser considerado izquierda, como tampoco un racionalismo diferencialista. Miremos las seis casillas resultantes, y si no sirve esta técnica para encasillar, literalmente, ideologías bien reales.
Empecemos por el liberalismo, la doctrina que ha gobernado el mundo occidental de manera prácticamente ininterrumpida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El principio básico es que la sociedad ha de ser, en lo sustancial, dejada a su propia determinación, como única manera de que dé lo mejor de sí. El Estado desempeña un papel meramente corrector que consiste, a la izquierda, en ocuparse de atenuar las desigualdades sociales a través de mecanismos redistributivos; y, a la derecha, en proteger una identidad mistificada, basada en la nación y en el respeto a la religión. Es fácil ubicar aquí a la socialdemocracia, por un lado, y a la democracia cristiana, por otro. Más problemáticos son productos sintéticos como Macron, liberal puro que ni redistribuye nada, sino todo lo contrario, ni reclama respeto a identidad alguna, propia o ajena. Y es extremamente resuelto en ambos aspectos, sin moderación, lo que viene a cuestionar la actualidad del eje izquierda-derecha. Cierto que en su país todo el mundo lo odia, o casi, pero ya lleva dos mandatos. Si Albert Rivera hubiera sido alguien inteligente…
Continuemos por el radicalismo, cuyo principio básico podríamos definir así: el orden social es arbitrario, determinado por la acción política y puede -¡y debe!- ser transformado en favor de los oprimidos. A la izquierda, no es difícil reconocer las distintas ramas del socialismo (a excepción de la mencionada socialdemocracia, y con el inconveniente, que el esquema de Todd sí resolvía, de ver anarquismo y comunismo amalgamados), cuya vocación es la desaparición de las clases sociales. A la derecha, es decir, renunciando al universalismo, podemos reconocer a la llamada «izquierda postmoderna» ampliamente designada hoy con el epíteto boomerang de woke, que lucha por la conquista de la igualdad por o, al menos, para los oprimidos pero sin designación transversal común, considerando sus luchas por separado y realizando un esfuerzo titánico por postular su unidad, es decir, por federarlas.
Terminemos con el conservadurismo. Si bien radicalismo y liberalismo tenían en común una visión abstracta y positiva del cambio social, el conservadurismo se caracteriza por un recelo ante este por su inherente amenaza de disolver (por la acción política en el caso del radicalismo, por el curso autónomo de la sociedad en el caso del liberalismo) el orden jerárquico, así como por una hiperfocalización en la esfera simbólica: la bandera, los símbolos religiosos, el nombre del país… Estos rasgos son fácilmente reconocibles en todas sus versiones, y una de las más agudas, el nazismo, mostró una creatividad y pregnancia simbólicas inigualables, como también lo fue su teorización de la desigualdad humana. Ahora bien ¿es concebible una izquierda dentro del conservadurismo? Si lo es, no podremos obviamente buscarla en el nazismo, pero quizás sí en el conservadurismo de cuño católico y, por tanto (en una mayoría de casos), universalista. Obviamente, esto no lo hace menos sanguinario, si pensamos en el nacionalcatolicismo español y sus 130 000 desaparecidos, o en el croata, que pretendía «exterminar a un tercio de los serbios, expulsar a otro tercio, y asimilar al tercio restante». Pero asimilar es aquí la palabra clave, pues nada producía más horror a los nazis que la idea de asimilar a los judíos, y hoy vemos tantas ultraderechas desgarradas por esta contradicción latente e irresoluble entre el universalismo con su inevitable vertiente social y su negación más o menos explícita. Entre el falangismo de Buxadé y el expulsado Espinosa de los Monteros. Entre la Marine Le Pen proteccionista y de voto obrero y el Eric Zemmour que ataca a «los asistidos».
¿Qué hacer pues con engendros bien de nuestra época, como el llamado anarco-capitalismo? Pues he aquí una de las virtudes de las clasificaciones: a veces revelan la naturaleza de las cosas. La gente del palo de Javier Milei o Elon Musk parecieran encajar en una especie de liberalismo exacerbado, lo que trastoca un poco nuestras pretensiones. Pero, sea por salvar la orla, sea por sospecha fundada, encajaremos a estos libertarians en el conservadurismo de derechas. Ahí, junto a los nazis, sin ánimo de asimilarlos del todo, que ya vimos que comunistas y anarquistas se habían encontrado también en una misma casilla. Su retórica liberal esconde una totemización tiránica. Erigen la propiedad privada en valor social absoluto ante el cual todo es, literalmente, sacrificable (recordemos los exabruptos de Milei sobre la «libre» venta de órganos). El absolutismo de la propiedad trasciende, por supuesto, la vida del individuo cual título nobiliario y su transferencia, ya sea a a agraciados testamentarios o, más frecuentemente, herederos de sangre, es sagrada. ¿Cabe mejor metáfora de los linajes perpetuos? Por no hablar de los proyectos de eugenesia segregacionista, dignos continuadores de la causa del Dr. Mengele…
En suma, vemos pues que la división de Wallerstein permite distinciones de sorprendente actualidad, y que incluso se enriquece combinándose con nuestra querida partición binaria izquierda-derecha. Es bello cuando las cosas resultan ser compatibles. La conciliación del dos y el tres nos ha dado un seis, pero francamente podemos devolverle un notable. Grande, Wallerstein, nos ha sorprendido la estabilidad de tu triángulo, y eso que las definiciones las hemos puesto nosotros: en él no hay oposiciones preferentes. La incompatibilidad entre liberalismo y radicalismo es absoluta en cuanto al papel de la acción política. El radicalismo coincide con el conservadurismo en este rechazo a la inacción, pero encuentra su incompatibilidad en el sentido, diametralmente opuesto, de la acción: perpetuar jerarquías sociales, o destruirlas.
Sin embargo, algunos cabos sueltos nos dejan sin el sobresaliente. Hemos conseguido combinar dos criterios para dar lugar a seis tipos, pero no nos hemos podido sacudir la impresión de que ambos compiten, de que izquierda y radicalismo se confunden fácilmente a pesar de todo, así como derecha y conservadurismo, por mucho que el liberalismo no pueda ser definido como un centro. El electorado mayoritario de Le Pen votaría a Mélenchon antes que a Macron, lo que imposibilita todo esquema bidimensional. Pero es verdad que no parece que dichos votantes vayan a tener la ocasión de demostrarlo, pues sólo Le Pen (en realidad su yerno, convenientemente más neoliberal) parece tener garantizado el pase a la segunda vuelta… En fin, recordemos que en el mundo de tres potencias de Orwell siempre había dos bandos en guerra. Aquí, 42 años después, el dos y el tres siguen peleando. De momento.
